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Curioso

Las manchas del jaguar tenían precio; sus huellas en Belice llevaron a algo que ningún país había hecho

En 1982, el biólogo Alan Rabinowitz llegó a Belice tras el felino más esquivo de América, cuando la moda de las pieles ya había borrado muchas de sus poblaciones. Con ayudantes mayas, siguió su rastro por el barro de Cockscomb.

Las manchas del jaguar tenían precio; sus huellas en Belice llevaron a algo que ningún país había hecho

El jaguar vive en la selva, cubierto de manchas. Fuera de ella, esas manchas tenían precio, y los cazadores de pieles ya le habían arrebatado muchas de sus poblaciones. Pero en una cuenca de Belice seguía caminando, y el rastro que dejaba en el barro iba a terminar en algo que ningún país había hecho por él.

Un campamento sin madereros

En 1982, el biólogo Alan Rabinowitz llegó por primera vez a Belice. Venía a estudiar al felino más esquivo de América, y lo peor ya había ocurrido antes de que él llegara.

Alan Rabinowitz en la conferencia PopTech de 2010, en Camden, Maine
Alan Rabinowitz en 2010, en la conferencia PopTech de Camden, Maine, casi treinta años después de llegar a Belice. Foto: Kris Krüg / PopTech / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0.

Desde comienzos de los años 60, la moda quiso pieles de felinos moteados, y los cazadores mataron a cientos de miles para dárselas. Y el jaguar, en particular, se desplomó.

Esa crueldad tuvo vía libre hasta 1975, cuando un acuerdo internacional prohibió el comercio de esas pieles. Para entonces, muchas poblaciones de jaguar ya habían desaparecido, y quedaba por saber dónde resistía alguna.

Rabinowitz no se instaló de inmediato. Primero hizo un estudio de ocho semanas, y solo después eligió dónde quedarse.

Eligió un campamento maderero abandonado en la cuenca de Cockscomb. Hasta 1981, los madereros habían sacado de esa selva árboles escogidos, uno aquí y otro allá, sin arrasarla entera. Ellos se fueron, y en lo que dejaron, Rabinowitz montó su base.

Dos años tras un rastro

Un jaguar no concede audiencias. Para encontrarlo, Rabinowitz necesitaba a quienes mejor conocían esa selva, así que trabajó con ayudantes mayas y vivió entre los mayas mientras estudiaba a los jaguares. Uno de esos asistentes de campo se llamaba Ignacio Pop.

Desde el campamento partían tras las huellas del jaguar. Estudiarlo así se parece a conocer a tu vecino solo por sus pasos en la escalera: casi nunca le ves la cara, pero aprendes cuándo pasa, por dónde y hacia dónde va.

Un hombre con un machete al costado, arrodillado en un sendero embarrado, observa de cerca una hilera de huellas de jaguar frente a un viejo campamento maderero
Un rastreador examina huellas de jaguar en el barro, sin tocarlas: al felino casi nunca se le ve, pero su rastro cuenta por dónde pasó y hacia dónde va.

Fueron dos años de barro y senderos. Y el rastro sacó a la luz lo que esa selva escondía: Cockscomb era un refugio donde el jaguar todavía resistía.

Pero nada protegía ese refugio. En la cuenca todavía se cazaba, y el mismo barro que les mostraba las huellas a los investigadores podía mostrárselas a cualquiera.

Una selva para un solo animal

En 1984, Belice declaró la zona reserva forestal y prohibió cazar en ella.

Dos años después, el país fue más lejos. En 1986 se firmó la ley que creó el Santuario de Vida Silvestre de la Cuenca de Cockscomb, la primera reserva del mundo dedicada al jaguar.

Vista panorámica de la selva de la cuenca de Cockscomb desde un mirador del sendero Tiger Fern
La selva de la cuenca de Cockscomb, hoy santuario para el jaguar, vista desde un mirador del sendero Tiger Fern. Foto: Cephas / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Esta vez la selva se protegía por el felino que la recorría. A los felinos nunca les ha costado actuar como dueños del lugar, y por fin una ley le daba la razón a uno.

Pero una ley no camina por el barro. Una reserva necesita a alguien que conozca sus senderos y sepa leer lo que pasó por ellos.

Un príncipe en Cockscomb

En 1988, seis años después de que Rabinowitz pisara Belice por primera vez, el príncipe Felipe viajó hasta Cockscomb. Entonces presidía WWF Internacional, la organización conservacionista, y llevaba un premio para entregar.

El premiado no era un ministro ni un científico. Rabinowitz lo describió con una sola frase: Ignacio Pop, «uno de mis asistentes de campo mayas y ahora primer guardaparques de la reserva».

El primer guardián de la primera reserva de jaguares del mundo no había salido de ninguna universidad. Conocía esa selva como pocos y sabía dónde buscar al jaguar. Ahora la recorría para que la ley no se quedara en el papel y nadie lo buscara con otras intenciones.

Y el jaguar se quedó. Entre 2002 y 2015, investigadores lo siguieron con cámaras que se disparan solas cuando un animal pasa frente a ellas. Hoy se calcula que unos 200 jaguares recorren Cockscomb.

Un jaguar silvestre avanza de frente entre la vegetación, a orillas de un río del Pantanal
Un jaguar silvestre avanza entre la vegetación a orillas de un río del Pantanal, en Sudamérica. Foto: Charles J. Sharp / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Las manchas que la moda quiso para sí siguen donde debían estar: sobre un jaguar vivo que cruza el barro de Cockscomb. Sus huellas siguen quedando en los mismos senderos de hace más de cuarenta años, y ya no le cuestan nada. Ahora solo dicen que sigue en casa.

Fotos de Alan Rabinowitz (Kris Krüg / PopTech / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0), de la selva de Cockscomb (Cephas / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0) y de un jaguar del Pantanal (Charles J. Sharp / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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