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Curioso

Casi todos los caracales analizados en Ciudad del Cabo tenían veneno para ratas, y nadie se lo dio

Entre viñedos, humedales y jardines de Ciudad del Cabo vive un felino salvaje que casi nadie ve. En 2019, el 92 % de los caracales analizados tenía en el cuerpo un veneno hecho para ratas.

Casi todos los caracales analizados en Ciudad del Cabo tenían veneno para ratas, y nadie se lo dio

El caracal de Ciudad del Cabo vive con una pata en la montaña y otra en los barrios. Pasa de un lado al otro con la discreción de un gato que no le debe explicaciones a nadie, en una ciudad de más de cuatro millones de personas que casi nunca lo ven. Ha aprendido a esquivarlas. Lo que no siempre logra esquivar es un veneno que ellas dejaron para otro animal y que encuentra la forma de llegar hasta él.

Sendero entre arbustos de fynbos en una ladera de Constantia Nek, en Ciudad del Cabo, con la montaña al fondo
Un sendero sube entre arbustos de fynbos por las laderas de Constantia Nek, en Ciudad del Cabo, con la montaña al fondo. Foto: Michael Rowe / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Un punto cada tres horas

Su especie ya recorría esas laderas antes de que se levantara la primera casa. Después llegaron los viñedos, los jardines y las calles, y el caracal se quedó, ahora rodeado de vecinos.

La bióloga Laurel Serieys quiso entender cómo lo lograba. Con el Urban Caracal Project, les colocó collares con GPS a varios de estos felinos salvajes y empezó a seguir sus rutas entre la montaña y los barrios.

Persona con gorra y camisa de campo en una ladera con arbustos sostiene en alto una antena de rastreo, con una tableta colgada, frente a viñedos, humedales y techos de la ciudad
Con una antena de rastreo en alto, alguien mira desde la ladera hacia viñedos, humedales y techos: abajo está el terreno que los caracales cruzan casi sin dejarse ver.

Cada collar registraba la posición de su gato cada tres horas, de día y de noche: ocho puntos diarios en un mapa. Funcionaba como las marcas en el calendario de la cocina, que solas no dicen nada y juntas cuentan una rutina.

Almuerzo a plena luz

Lejos de la ciudad, los caracales cazan sobre todo de noche. En los barrios, el mapa decía otra cosa: casi dos de cada tres comidas ocurrían de día, en el borde mismo de la ciudad.

Caracal de orejas negras caminando entre pastos secos
Un caracal de orejas negras camina entre pastos secos en el Parque Transfronterizo Kgalagadi, lejos de cualquier ciudad. Foto: Stephen Temple / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0.

Y aun así casi nadie los veía. El caracal comía a plena luz y se quedaba metido entre la vegetación, como el gato de la casa que se queda quieto detrás de la cortina mientras la familia entera lo busca por todos lados.

Los puntos mostraban también cómo se movían. Aprovechaban cada mancha verde, una tras otra, como quien cruza un río saltando de piedra en piedra, y le daban la vuelta a la gente. Era astucia, dibujada punto por punto.

Los collares seguían a los vivos, y el equipo analizaba también a los caracales que aparecían muertos. Lo que guardaban esos cuerpos no se veía en ningún mapa.

Veintiocho caracales

En 2019, Serieys y sus colegas publicaron lo que habían encontrado en 28 caracales: el 92 % tenía veneno para ratas en el cuerpo. De los 28, apenas un par estaba limpio.

Era un veneno hecho para matar ratas, guardado en el cuerpo de un felino de orejas negras.

Y el caracal no estaba solo. El equipo había analizado animales de siete especies, y más de cuatro de cada cinco tenían el mismo veneno, entre ellos ginetas y nutrias.

Ninguno de ellos era el animal para el que se había puesto el cebo.

Una rata débil cerca de las viñas

Cerca de un viñedo, una rata encuentra un cebo y come. No muere ese día. Este veneno no actúa de golpe: durante días, la rata sigue andando, cada vez más débil.

Tubo de PVC con cebo para ratas y un letrero de advertencia de veneno, entre hojas verdes
Un tubo de PVC con cebo para ratas advierte en neerlandés, entre hojas verdes: «¡Cuidado! Veneno para ratas». Foto: Vlieg / Wikimedia Commons, dominio público.

Para un caracal que caza de día en el borde de la ciudad, esa rata es como la fruta que ya cayó del árbol: no hay que trepar ni estirarse, basta con agacharse. El caracal la atrapa. Y con ella se lleva también lo que ella comió.

Así sube el veneno: del cebo a la rata, de la rata al caracal. Nadie tiene que ponerlo frente al felino. Basta con que alguien lo ponga frente a su presa.

Faltaba saber dónde empezaba. Los caracales más expuestos eran los que cazaban cerca de los viñedos. Y no por las uvas: las fincas no ponen raticida para cuidar sus vides. Lo ponen los hoteles, los restaurantes y los otros negocios que funcionan dentro de los viñedos, para las ratas.

Al caracal nadie le dio el veneno. Lo pusieron personas, para las ratas, y la cadena lo llevó hasta él. Que el cebo fuera para otro animal no le quita su nombre a lo que pasa: es un envenenamiento, y empieza en manos humanas.

Siete años después de aquella cifra, en 2026, un nuevo estudio sobre los caracales de la ciudad volvió a sacar a la luz el mismo problema escondido: el raticida que se usa en casas, negocios y granjas sigue llegando a la fauna.

Mientras tanto, los caracales siguen ahí, entre viñedos, humedales y jardines, comiendo de día al borde de los barrios sin que casi nadie los vea.

Hileras de viñedos y fincas vistas desde lo alto, entre montañas y bajo un cielo nublado
Viñedos y fincas de Constantia, en Ciudad del Cabo, vistos desde lo alto entre montañas y bajo un cielo nublado. Foto: Barry haynes / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

El caracal de Ciudad del Cabo conserva una pata en la montaña y otra en los barrios, y la astucia suficiente para comer a plena luz sin que lo descubran. Lo que esa astucia no alcanza a ver está unos pasos antes de la rata: en una caja de cebo junto a un restaurante, en un patio, en una granja, en la mano de alguien que quizá nunca lo vio pasar. Ahí, lejos de él, empieza su cadena. Y ahí también puede cortarse.

Fotos de las laderas de Constantia Nek (Michael Rowe / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0), de un caracal en el Parque Transfronterizo Kgalagadi (Stephen Temple / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0), de un tubo con cebo para ratas (Vlieg / Wikimedia Commons, dominio público) y de los viñedos de Constantia (Barry haynes / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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