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De ocho crías a ninguna: la ola que vació las guaridas de lince en Alaska

Hacia 2018, algunas guaridas de lince en Alaska tenían hasta ocho crías; cuatro años después, ninguna de las hembras que seguían los biólogos tuvo una. Detrás hay un pulso que se repite desde hace siglos y que quedó anotado en libros de pieles y en los anillos de los árboles.

De ocho crías a ninguna: la ola que vació las guaridas de lince en Alaska

Hacia 2018, en los bosques del interior de Alaska, los biólogos que revisaban guaridas de lince encontraban camadas de cinco, seis, siete y hasta ocho crías. Lo normal son de dos a cuatro, según el Alaska Science Forum (2022) del Instituto Geofísico de la Universidad de Alaska Fairbanks.

Cuatro años después, en esos mismos bosques, ninguna de las hembras que seguían los investigadores tuvo una sola cría. Y el golpe no llegó a todas a la vez: empezó en el este y avanzó hacia el oeste, como una ola. Lo que vació esas guaridas se repite desde hace siglos, y quedó escrito hasta en los troncos de los árboles.

Lámina ilustrada de hacia 1845 que representa a un lince canadiense
Un lince canadiense en la lámina XVI de una obra ilustrada de hacia 1845. Imagen: Wikimedia Commons, [LICENCIA: confirmar antes de publicar].

Un cazador atado a una sola presa

¿Una ola de qué? De hambre. El lince canadiense (Lynx canadensis) vive casi exclusivamente de la liebre americana (Lepus americanus), como señalan el Alaska Science Forum y la ficha del lince del Departamento de Pesca y Caza de Alaska. Según la ficha de la liebre de esa misma agencia, esta presa se vuelve blanca en invierno y tiene patas traseras grandes y peludas para andar sobre la nieve. De ahí viene su nombre en inglés, snowshoe hare: liebre «raqueta de nieve».

La dependencia se mide en liebres por día. En un estudio publicado en 1998 en la revista Ecology, M. O’Donoghue, S. Boutin, C. J. Krebs y colegas calcularon que cada lince cazaba entre 0,3 y 1,2 liebres al día, y que la tasa más alta llegaba un año después del pico de liebres. En los años de abundancia, eso es más de una liebre diaria. Pero la abundancia no dura: cada 8 a 11 años, las liebres del bosque boreal se multiplican y después se desploman, según el Departamento de Pesca y Caza de Alaska.

Guaridas vacías, de este a oeste

Los linces no caen al mismo tiempo que las liebres, sino después. El Gobierno de los Territorios del Noroeste, en Canadá, describe la secuencia. Sin liebres, las hembras están en mala condición física y cada vez menos quedan preñadas, y las de un año casi no crían. Las pocas crías que nacen mueren poco después, y muy pocas llegan al invierno. Por eso la caída de los linces sigue a la de su presa con uno o dos años de retraso.

Muchos adultos no esperan y se van. Según el Departamento de Pesca y Caza de Alaska, los linces que dejan zonas sin liebres pueden recorrer de 100 a 400 millas o más, es decir, de unos 160 a 640 kilómetros.

Y el rumbo que toman importa. Entre 2018 y 2022, un equipo del Instituto de Biología Ártica de la Universidad de Alaska Fairbanks siguió a 143 linces en el interior de Alaska. En su estudio publicado en 2024 en PNAS, el equipo describe una ola de población que viajaba hacia el oeste: la reproducción cayó primero en los sitios del este y, al terminar el estudio, había llegado a cero en todas las zonas. Como resume la nota de la universidad, los linces que se fueron hacia el oeste, adonde la ola aún no llegaba, sobrevivieron mucho más. De los que se fueron hacia el este, casi ninguno sobrevivió.

Dos siglos de pieles y una cuenta en la madera

Ese pulso es más viejo que cualquier estudio. En 1942, C. Elton y M. Nicholson reunieron en el Journal of Animal Ecology los registros de la Compañía de la Bahía de Hudson, que durante casi 200 años, de 1735 a 1934, anotó cuántas pieles de lince le llegaban. Las series muestran un pico cada diez años, más o menos: entre 1821 y 1910, el ciclo duró en promedio 9,6 años. Todavía puedes consultar completo el artículo original, con sus tablas y gráficas.

Escena en blanco y negro de una oficina universitaria de finales de los años treinta: una investigadora traza con lápiz una curva en zigzag junto a gruesos libros de cuentas abiertos sobre el escritorio
Libros de cuentas, un lápiz y una curva en zigzag: con registros como estos, casi dos siglos de pieles se convirtieron en la gráfica de un ciclo.

Los abetos del Yukón llevan su propia cuenta. Cuando las liebres abundan, mordisquean los árboles jóvenes, y la herida queda como una marca oscura en los anillos. A. R. E. Sinclair y colegas estudiaron esas marcas en árboles nacidos entre 1751 y 1983. Según su artículo de 1993 en The American Naturalist, las marcas suben y bajan cada diez años, al compás de los registros de pieles de liebre de la misma compañía.

Disco de madera recién cortado de un abeto joven, apoyado en la nieve, con anillos apretados y varias marcas oscuras en forma de media luna en los anillos interiores
Marcas oscuras entre los anillos de un abeto joven: así queda en la madera la herida de los años en que las liebres abundan y mordisquean los tallos.

El miedo que heredan las liebres

Si el lince depende de la liebre, ¿quién hunde a la liebre? Sobre todo, quienes la cazan. Según N. C. Stenseth y colegas (1997) y C. J. Krebs y colegas (2001), sus depredadores principales son el lince, el coyote, el búho cornudo y el azor. De cada diez liebres que mueren, más de ocho mueren cazadas: entre el 80 y el 90 %, y del 83 al 100 % en la fase de caída. Así lo indican Krebs y colegas y el capítulo de K. E. Hodges y colegas (2001) sobre la demografía de la liebre en el proyecto Kluane.

Y también la hunde el miedo. En 2009, M. J. Sheriff, C. J. Krebs y R. Boonstra mostraron en el Journal of Animal Ecology que el riesgo de ser cazadas eleva las hormonas del estrés en las madres. A más estrés, las camadas son más chicas y las crías nacen con menos peso y tamaño. Un año después, en un artículo de la revista Ecology titulado «Los fantasmas de los depredadores del pasado», el mismo equipo encontró que las crías heredan el nivel de estrés de su madre.

Los autores ven ahí una posible explicación para una rareza del ciclo. Al comienzo de la fase baja, cuando los depredadores ya casi desaparecieron y sobra la comida, las liebres no se recuperan enseguida. Es posible que las siga frenando el miedo a unos cazadores que ya no están.

El lince es el gran cazador del bosque boreal. Pero cuántas crías habrá en sus guaridas no lo decide él: lo anota primero una liebre, en los anillos de un abeto.

¿Qué te deja pensando más: que un abeto guarde durante siglos la cuenta de las liebres, o que el miedo de una madre liebre pase a sus crías?

Imagen del lince canadiense (lámina de hacia 1845): Wikimedia Commons, [LICENCIA: confirmar antes de publicar]. Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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