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Inspirador

Un parásito de una sola célula le quita a la rata el miedo al gato que puede comérsela

En 1908, dos científicos hallaron un parásito diminuto en un roedor del norte de África. Décadas después se descubrió que las ratas infectadas dejan de evitar el olor a gato, y la historia no terminó ahí.

Un parásito de una sola célula le quita a la rata el miedo al gato que puede comérsela

Para una rata, el olor a gato debería significar una sola cosa: aléjate. Las ratas sanas obedecen y esquivan los rincones donde un gato dejó su rastro. Algunas, en cambio, pasan por ahí sin apartarse, y unas cuantas hasta parecen buscarlos.

La diferencia entre unas y otras es un inquilino de una sola célula que la ciencia conoce desde hace más de un siglo. Y su historia no empieza con un gato.

Del gundi al intestino de un gato

En 1908, los científicos Nicolle y Manceaux describieron un parásito diminuto hallado en gundis, roedores del norte de África. Primero lo llamaron Leishmania gondii, y en 1909 crearon para él el género Toxoplasma, según la revisión de Tenter, Heckeroth y Weiss (2000). Por el gundi, se llama hasta hoy Toxoplasma gondii: un protozoo, un ser de una sola célula, como lo describen Montoya y Liesenfeld (2004). Nadie sabía entonces que un ser tan pequeño podía quitarle a una presa el miedo a quien puede comérsela.

Pero su destino era otro: el gato. En 1970 se descubrieron las fases sexuales del parásito en el intestino del gato, según la misma revisión. Como resumen los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), puede infectar a la mayoría de los animales de sangre caliente, pero sus únicos hospedadores definitivos son los felinos: solo en ellos se reproduce sexualmente. En los demás animales se multiplica haciendo copias de sí mismo. Y para llegar al intestino de un felino, del gato de casa al león, le conviene que ese felino se coma al animal infectado.

Oxford, 2000: ratas que ya no esquivan al gato

En 2000, un equipo de la Universidad de Oxford (Berdoy, Webster y Macdonald) publicó un estudio de título elocuente: Fatal attraction, «atracción fatal». Según su resumen, las ratas infectadas dejaban de evitar las zonas con señales de gato, y algunas hasta se sentían atraídas por ellas. Los autores lo relacionan con la hipótesis de que el parásito aumenta la depredación por gatos para completar su ciclo.

Siete años después, Vyas y colegas (2007) describieron en PNAS una leve atracción hacia el olor felino en ratas y ratones infectados.

No todos leen igual ese cambio. En 2020, Boillat y colegas vieron que los ratones infectados también perdían el rechazo al olor de zorro y de cobaya, y mostraban menos ansiedad en general; por eso discuten que la manipulación apunte solo al gato. Lo central no está en disputa: a los roedores infectados, el olor del felino deja de ahuyentarlos.

Huellas pequeñas de rata y la marca de una cola sobre el polvo de un piso de madera, en línea recta hacia la base de un poste viejo oscurecido por la marca de olor de un gato, con algunos pelos grises enganchados.
Un rastro de rata directo al poste que marcó un gato: la señal que las ratas infectadas de los estudios dejaron de esquivar.

Gabón, 2016: chimpancés ante la orina de leopardo

El siguiente hallazgo llegó de un primate. En 2016, Poirotte y colegas publicaron en Current Biology un estudio con chimpancés de un centro de primates de Gabón. Los infectados perdieron el rechazo a la orina de leopardo, su único depredador natural.

El contraste es lo revelador. Leones y tigres también son hospedadores definitivos del parásito, pero son felinos que los chimpancés no encuentran en la naturaleza, y ante su orina infectados y sanos reaccionaron casi igual, según el Centro Nacional de la Investigación Científica de Francia (CNRS). El cambio aparecía justo ante el felino que sí podía cazarlos.

Masái Mara: tres décadas mirando hienas

Pero lo más asombroso llegó desde la sabana de Kenia, esta vez con animales en libertad. En 2021, Gering y colegas publicaron en Nature Communications un análisis basado en tres décadas de observación de hienas en Masái Mara: las crías infectadas se acercaban más a los leones que las sanas. En hienas subadultas y adultas no apareció esa diferencia.

La cifra más dura salió de una muestra pequeña. Entre las hienas que se infectaron de crías, todas las muertes conocidas, el 100 %, las causaron leones. Entre las que no se infectaron de crías, los leones causaron el 17 %: menos de una de cada cinco muertes.

Los autores lo presentan como una asociación y discuten otras explicaciones posibles. Aun así, el título de su artículo nombra el patrón: una audacia «costosa» ante los felinos. Y hay un detalle difícil de ignorar: el león que puede matar a la cría es también un felino en el que el parásito puede reproducirse sexualmente.

Una persona con camisa caqui y gorra, sentada en la ventanilla abierta de un vehículo en la sabana, sostiene binoculares y un medidor de distancia mientras observa a una cría de hiena alerta entre la hierba dorada, con leones cerca.
Una cría de hiena alerta en la hierba alta, con leones cerca. El estudio de Masái Mara se apoyó en tres décadas de seguimiento de hienas en libertad.

Hasta una de cada tres personas

Este mismo parásito también puede vivir en nosotros. Hasta un tercio de la humanidad lo lleva, según Montoya y Liesenfeld (2004); otra estimación de referencia, la de Robert-Gangneux y Dardé (2012), habla de entre un 25 y un 30 %.

Si también cambia nuestra conducta y nos vuelve más intrépidos, la ciencia aún lo discute. Algunos estudios ven pistas: Sugden y colegas (2016) resumen trabajos que asociaron la infección con accidentes de tráfico y con suicidio, y Poirotte y colegas mencionan en personas infectadas cambios de personalidad y tiempos de reacción más lentos. Pero cuando el equipo de Sugden analizó a 837 personas seguidas desde su nacimiento en el estudio de Dunedin, encontró poca evidencia de que la infección se asociara con deterioros en el cerebro o la conducta.

Ningún felino sabe que está en esta historia: ni el gato, ni el leopardo, ni el león. Y aun así, hacia ellos apunta el viaje de un ser de una sola célula capaz de apagar lo que mantiene viva a una presa: su miedo.

¿Qué te inquieta más: que un ser de una sola célula pueda cambiar el miedo de una rata, una hiena o un chimpancé, o que todavía no sepamos si nos cambia a nosotros?


Algunas imágenes de este artículo fueron generadas con IA para ilustrar el contenido; no son fotografías de los hechos ni de los animales reales.

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