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Los leones de Tsavo guardaron durante 126 años una prueba dentro de sus dientes rotos

Durante nueve meses de 1898, dos leones sin melena aterrorizaron los campamentos del ferrocarril de Uganda. Más de un siglo después, sus cráneos contaron otra versión de la historia.

Los leones de Tsavo guardaron durante 126 años una prueba dentro de sus dientes rotos

Es 1898 y es de noche a orillas del río Tsavo, en Kenia. Miles de obreros que levantan un puente para el ferrocarril de Uganda duermen en sus campamentos, protegidos por cercas de espinas y hogueras. Desde hace meses, todos saben que eso no basta.

Los dos leones sin melena que entraban en esos campamentos están hoy en el Field Museum de Chicago. Durante más de un siglo se habló de ellos como de monstruos. Pero la explicación de lo que hicieron viajó siempre con ellos, esperando a que alguien supiera leerla.

Los leones de Tsavo conservados en el Field Museum de Chicago
Los leones de Tsavo, hoy en el Field Museum de Chicago. Foto: Jason M Ramos / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

Nueve meses de noches en vela

Durante nueve meses, según el Field Museum, los dos leones entraron una y otra vez, de noche, en los campamentos. El teniente coronel J. H. Patterson, que acabaría cazándolos, lo contó en primera persona en The Man-Eaters of Tsavo (1907): habla del campamento de cabeza de vía «con sus dos o tres mil trabajadores» y de cercas de espinas y hogueras que no los detuvieron.

Imagen en blanco y negro con aspecto de placa fotográfica antigua: suelo polvoriento de un campamento de obreros en Tsavo la mañana después de un ataque nocturno
La mañana después de un ataque nocturno: durante nueve meses, ni cercas ni hogueras frenaron a los leones.

Entre los hombres corrió otra explicación. Según Patterson, los obreros los creían «demonios con forma de león», y se decía que eran los espíritus furiosos de dos jefes nativos muertos.

El 1 de diciembre de 1898, el miedo pudo más: «unos cientos» de trabajadores detuvieron el primer tren lanzándose a las vías y huyeron en él. La obra quedó paralizada unas tres semanas. Ese mismo mes, Patterson mató al primer león el 9 de diciembre y al segundo el 29, como recuerda la Universidad de California en Santa Cruz.

Un colmillo roto y una raíz infectada

Sus pieles pasaron más de un cuarto de siglo como alfombras de trofeo, hasta que a mediados de los años veinte el Field Museum las compró. Hoy los dos leones se exhiben en un diorama del museo, que conserva también sus cráneos.

Investigador con ropa de los años noventa en un pasillo estrecho entre armarios metálicos grises de un almacén de museo
En los almacenes de un museo, un cráneo puede seguir respondiendo preguntas un siglo después de haber llegado.

En esos cráneos empezó la otra historia. En 2000, investigadores del museo publicaron sus hallazgos con un título elocuente: «The man-eaters with bad teeth» («Los devoradores de hombres con malos dientes»). Según DeSantis y Bruce D. Patterson, que recogen esos datos en un artículo de 2017, el primer león tenía un colmillo inferior roto, con la pulpa expuesta y un absceso en la punta de la raíz que solo se ve con rayos X; además, había perdido tres incisivos. El segundo tenía una muela carnicera fracturada, también con la pulpa al aire.

La Universidad Vanderbilt describió ese absceso como «una infección dolorosa en la raíz». Cada mordida debía doler, y un león caza con la boca: «Los leones normalmente usan sus mandíbulas para agarrar presas como cebras y búfalos y asfixiarlas», explicó el propio Bruce D. Patterson.

Treinta y cinco, no ciento treinta y cinco

¿A cuántas personas comieron? J. H. Patterson habló de 135, la cifra que se repitió durante un siglo; la compañía del ferrocarril registró 28. En 2009, Yeakel y colegas publicaron en la revista PNAS un análisis que no dependía de testigos: midieron isótopos de carbono y nitrógeno en el colágeno de los huesos y en la queratina del pelo, cuyas proporciones reflejan lo que comió cada león.

Según la Universidad de California en Santa Cruz, el resultado fue de unas 11 personas para un león y 24 para el otro en sus últimos nueve meses: unas 35 en total, con un rango posible de 4 a 72. Tampoco pesaron igual en su dieta: con los datos de ese estudio, DeSantis y Patterson señalan que las personas fueron cerca del 30 % de la dieta del león del colmillo roto y alrededor del 13 % de la del otro.

Una boca que no buscaba huesos

Quedaba la explicación de siempre: el hambre. Un felino al borde de la inanición tritura huesos, y eso queda grabado en el desgaste de sus muelas. En 2017, DeSantis y Patterson examinaron al microscopio la microtextura de ese desgaste en ambos leones; su artículo en Scientific Reports se puede leer completo.

No hallaron señales de consumo intenso de hueso. El desgaste era indistinguible del de otros leones salvajes, muy parecido al de leones de zoológico alimentados con comida blanda y menos complejo que el de las hienas. Sus dientes no guardaban la huella de la desesperación.

Miles de pelos en un diente roto

Faltaba lo más interesante. A principios de los años noventa, Thomas Gnoske, del Field Museum, había hecho un hallazgo en las cavidades expuestas de aquellos dientes rotos: miles de pelos de presas, compactados allí mientras los leones vivían, según la Universidad de Illinois.

Placa de Petri sobre una mesa de laboratorio con un mechón denso de pelos compactados de varios colores
Pelos compactados en una placa de Petri: de fibras así, atrapadas en los dientes rotos, salió el ADN de las presas.

En 2024, De Flamingh, Gnoske, Kerbis Peterhans y colegas publicaron en Current Biology el análisis del ADN de esos pelos. El ADN habló: jirafa, cebra, ñu, órix, cobo… y personas. El método y los resultados completos están en su artículo.

No eran monstruos ni leones famélicos. Seguían persiguiendo jirafas y cebras, con dientes rotos que dolían en cada bocado. Para el del colmillo infectado, el que más dependió de las personas, sujetar a una presa grande con las mandíbulas debía de ser difícil y doloroso. Quizá por eso los dos encontraron presas que no se defendían con cuernos.

La leyenda necesitó demonios para explicar lo que pasó en Tsavo. La ciencia encontró una respuesta más modesta y más difícil de olvidar: dos leones heridos que seguían intentando comer. Durante 126 años, la prueba estuvo guardada justo en la herida.

¿Qué otro animal convertido en «monstruo» por la leyenda crees que merece que la ciencia vuelva a mirar su historia?

Foto de los leones de Tsavo en el Field Museum: Jason M Ramos / Wikimedia Commons, CC BY 2.0. Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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