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Inspirador

Una reserva creada para proteger tigres se quedó sin ninguno, y el regreso empezó con un tigre dormido en un helicóptero

En febrero de 2005, la reserva de Sariska, creada en la India para proteger tigres, ya no tenía ninguno. El regreso empezó con un macho que llegó dormido en helicóptero, pero la parte decisiva vino después.

Una reserva creada para proteger tigres se quedó sin ninguno, y el regreso empezó con un tigre dormido en un helicóptero

Los tigres de Sariska tenían un bosque hecho a su medida: cerros secos de Rajastán, en la India, venados entre los árboles y caminos de tierra donde cada paso suyo quedaba escrito en el polvo. Era una reserva creada para protegerlos. Y ahí, donde debían estar más a salvo que en cualquier otro lugar, los cazadores furtivos los fueron matando hasta no dejar ninguno.

Devolverle un tigre a ese bosque se podía hacer en un solo día. Que el bosque volviera a ser de tigres tomaría años, y la parte decisiva no quedaría en manos de ninguna persona.

Una tigresa con sus crías jugando junto a una charca en Ranthambore
Una tigresa de Bengala con sus crías junto a una charca en Ranthambore. Foto: Zahirabbaswikiindia / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

El censo que no encontró a nadie

La cacería no fue cosa de un día. Es posible que empezara en 2002 y que los últimos tigres murieran en 2004, entre el calor del verano y la temporada de lluvias. Con cada uno desaparecían también las crías que ya nunca nacerían.

Desde septiembre de 2004, nadie volvió a ver un tigre en Sariska. En febrero de 2005 llegó el censo, que en esos años contaba a los tigres sobre todo por sus huellas, y confirmó lo que la ausencia venía diciendo desde hacía meses: no quedaba ninguno.

Un ciervo moteado cruza un camino de tierra entre los árboles secos de la reserva de Sariska
Un ciervo moteado cruza un camino en el bosque seco de Sariska. Foto: Dan Lundberg / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0.

La prensa lo llamó «el shock de Sariska». Una reserva de tigres sin tigres era una placa elegante en la puerta de una casa vacía, y el escándalo creció tanto que el gobierno de la India tuvo que actuar.

Un pasajero dormido

Los nuevos tigres tendrían que venir de otra parte. Ranthambore, otra reserva, todavía tenía los suyos, y las autoridades decidieron llevarlos a Sariska en helicóptero, en un intento sin precedentes.

Pasaron más de tres años entre aquel censo y el primer vuelo. El 28 de junio de 2008, biólogos del Instituto de Vida Silvestre de la India y guardabosques sedaron en Ranthambore a un macho de tres años, lo subieron dormido a un helicóptero y lo liberaron en Sariska.

Un helicóptero recién posado en un claro polvoriento de un bosque seco, con las aspas girando y dos guardabosques de uniforme caqui cubriéndose la cara del polvo
Un helicóptero levanta polvo al posarse en un claro de los cerros secos de Rajastán. Por el aire y dormido viajó de Ranthambore a Sariska el primer tigre trasladado.

No hubo forma de pedirle permiso; tratándose de un gran felino, quizá fue mejor así. Al día siguiente, un fotógrafo lo retrató ya en su nuevo territorio: Sariska volvía a tener un tigre.

Seis días después, el 4 de julio, llegó por el mismo camino una hembra. Más tarde vinieron otras hembras y otros machos, y el bosque vacío volvió a tener quién lo recorriera.

Noviembre de 2010

El primer macho pasó en Sariska poco más de dos años. En noviembre de 2010 murió envenenado, en el mismo bosque al que lo habían llevado para empezar de nuevo, y la reserva se quedó sin el tigre que había abierto el regreso.

Traer tigres había sido solo la mitad del trabajo; la otra mitad era que siguieran vivos.

En una población tan pequeña, perder un tigre era como sacar una brasa de una fogata que apenas empezaba a prender. Desde entonces, cuidar a cada uno de los que quedaban se volvió todavía más urgente.

Los que nacieron en Sariska

Pero las hembras trasladadas tuvieron crías. Fueron los primeros tigres de la nueva Sariska que no llegaron de ninguna parte: nacieron ahí.

No conocían Ranthambore ni el ruido de un rotor. Crecieron en esos cerros y, ya adultos, marcaron territorio, como quien pone por fin su nombre en la puerta de aquella casa vacía.

Un tigre de Bengala marca su territorio junto a un árbol en un bosque de Ranthambore
Un tigre de Bengala marca su territorio entre los árboles en Ranthambore. Foto: Giles Laurent y otros / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Ya no eran tigres de Ranthambore viviendo en Sariska. Eran tigres de Sariska, y tuvieron crías propias.

Y es que ahí estaba la diferencia. Llevar tigres en helicóptero es llenar un tanque balde por balde; que nazcan en el bosque es encontrar el manantial.

Con los años, ya caminaban por la reserva tigres cuyos abuelos habían llegado trasladados. Cada camada sumaba en una cuenta en la que cada pérdida pesaba, y en 2023 Sariska volvía a tener unos 30 tigres.

En 2025, veinte años después de aquel febrero en que el censo no encontró a ninguno, el conteo llegó a 50.

Huellas de tigre marcadas en la tierra suelta de un camino
Huellas de tigre marcadas en la tierra de un camino de Ranthambore. Foto: Giles Laurent / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

En los caminos de tierra de Sariska, el polvo vuelve a tener quién lo firme. Junto a las huellas grandes aparecen otras más pequeñas, de tigres que nunca subieron a un helicóptero ni conocieron otro bosque, y para los que Sariska no es un bosque recuperado, sino, sencillamente, su casa.

Fotos de una tigresa con sus crías (Zahirabbaswikiindia / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0), de un ciervo moteado en Sariska (Dan Lundberg / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0), de un tigre marcando territorio (Giles Laurent y otros / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0) y de huellas de tigre (Giles Laurent / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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