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Inspirador

La llamaron perro durante siglos, pero la hiena tiene un pariente lejano que ronronea

Durante siglos juzgaron a la hiena manchada como un perro carroñero y cobarde. En el Masái Mara, una cría hace a un lado a un macho adulto sin pelear, y el ADN de la hiena cuenta de qué familia viene en realidad.

La llamaron perro durante siglos, pero la hiena tiene un pariente lejano que ronronea

Vista de lejos, entre los pastos de la sabana, la hiena manchada puede pasar por un perro grande y desaliñado, salpicado de manchas. Y como a un perro de los malos la juzgaron durante siglos: carroñera, cobarde, condenada a vivir de lo que otros cazan. Ese retrato no decía quién da las órdenes en un clan de hienas, ni de qué familia viene, en realidad, ese supuesto perro.

Masái Mara, 1988

En 1988, la bióloga Kay Holekamp llegó a la Reserva Nacional Masái Mara, en Kenia, para estudiar a ese animal que casi nadie quería mirar de cerca. Con su equipo empezó a seguir a los clanes de hienas manchadas.

La palabra «carroñera» no se sostenía. Las hienas del Mara cazaban casi todo lo que comían en el año.

Y con ella se fue «cobarde». En un clan, el equipo contó los intentos de caza, y en más de tres de cada cuatro la hiena iba sola, aunque persiguiera ñus o topis que pesaban tres veces más que ella. Solo a las cebras las cazaban casi siempre en grupo.

Hasta el reparto de la comida podía estar al revés. Ya en 1972, en Ngorongoro, el investigador Kruuk había documentado a leones comiéndose presas cazadas por hienas: la supuesta ladrona de sobras, a veces, era la que les ponía la mesa.

Una cría frente a un macho

Pero en los clanes del Mara se repetía una escena que no cabía ni en la fama vieja ni en la nueva. Junto a la comida estaba un macho adulto, llegado de otro clan. Se acercaba una cría, mucho más pequeña que él, y el macho se apartaba.

No había pelea. El adulto se hacía a un lado como quien le abre paso a alguien importante, y la cría se quedaba con el sitio.

Por fuerza, la cría no tenía nada que hacer contra él. Y aun así, el que se iba era el macho.

Detrás de la cría, su madre

El poder no era de la cría. Era de su madre.

Y es que en los clanes de hienas manchadas gobiernan las hembras. Suelen pesar más que los machos, y cada hembra adulta domina a todos los machos adultos llegados de otros clanes.

Ninguna cría nace sabiendo cuál es su lugar. Lo aprende con la madre al lado, que interviene por ella en las disputas. Es como subir una escalera con alguien que te empuja por la espalda: cuando la madre deja de empujar, la cría ya quedó en el escalón justo debajo del suyo.

Cría de hiena manchada acurrucada contra su madre, que descansa recostada sobre una roca
Una cría de hiena manchada se acurruca contra su madre, que descansa recostada en una roca. Foto: zoofanatic / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

Con los hijos machos pasa lo mismo mientras viven en casa. Pero al llegar a la madurez suelen irse a otro clan, y allá empiezan desde el último escalón.

Por eso el macho de la escena se apartaba. En el clan donde nació también tuvo una madre que lo subió por la escalera, pero ese escalón se quedó allá cuando se fue. Aquí era un forastero, y la cría tenía detrás todo el peso de su madre.

Veintisiete años mirando un clan

Las hijas, en cambio, no se van. Pasan la vida entera en el clan donde nacieron y conservan el escalón que heredaron.

Entonces el trono pasa de madre a hija, y de esa hija a la suya. Las mismas líneas de madres pueden sostenerse arriba durante generaciones, como una dinastía.

Pero ese trono no está atornillado al suelo. El equipo de Holekamp siguió un mismo clan durante 27 años, desde aquel 1988, y casi la mitad de sus hembras vio cambiar su rango en algún momento. Hubo hembras que subieron y hembras que bajaron, y la escalera, con todo, siguió en pie.

El apellido escrito en el ADN

Para 2006, el equipo de Holekamp llevaba casi dos décadas en el Mara, y quien conocía de cerca a las hienas ya no podía llamarlas carroñeras ni cobardes. Les quedaba otro apodo. Parecían perros y trotaban como perros, y para mucha gente seguían siendo eso: perros de segunda.

Primer plano de una hiena manchada salvaje sobre la hierba, junto a los restos de su presa
Una hiena manchada sobre la hierba de Naboisho, en Kenia, junto a los restos de su presa. Foto: Zammerman / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Ese apodo no se desmentía mirando cómo cazaban ni quién mandaba en el clan: había que saber de qué familia venían. Los especialistas que ordenan el árbol de los carnívoros ya habían puesto a la hiena lejos de los perros.

Ese año, un equipo de investigadores encabezado por Koepfli encontró la confirmación en su ADN. El ADN funciona como un apellido escrito por dentro: la cara puede parecerse a la de un vecino, pero el apellido dice de qué familia vienes.

Y el apellido de la hiena no era el de los perros. Sus parientes más cercanos resultaron ser las mangostas y la fosa. Su lugar quedó firme en la gran rama de los feliformes, donde también están las civetas… y los gatos.

El animal que durante siglos cargó el apodo de perro fracasado nunca había sido un perro, ni fracasado ni de los otros.

Vista de lejos, entre los pastos del Mara, la hiena manchada todavía puede pasar por un perro. De cerca, junto a la comida, una cría hace a un lado a un macho adulto gracias a su madre, y en las dos corre un parentesco antiguo con el gato que ronronea en tus piernas.


Fotos de una cría de hiena manchada con su madre (zoofanatic / Wikimedia Commons, CC BY 2.0) y de una hiena manchada junto a su presa (Zammerman / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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