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En Amboseli, los guerreros que cazaban leones se volvieron sus guardianes

A principios de los noventa quedaban dos leones en toda la reserva de Amboseli, en Kenia. Esta es la historia de los guerreros masái que pasaron de cazarlos a seguirles el rastro.

En Amboseli, los guerreros que cazaban leones se volvieron sus guardianes

A principios de los años noventa, en toda la reserva de Amboseli, al pie del Kilimanjaro, en Kenia, quedaban dos leones. Dos. Y la cuenta no se detuvo: desde 2001 se habían matado más de 140 en el ecosistema Amboseli-Tsavo, según un artículo publicado en 2007 en la revista Seminar.

El problema iba más allá de Amboseli. En 2009, el Kenya Wildlife Service estimaba que el país tenía unos 2.000 leones y que perdía alrededor de 100 cada año, según Mongabay. En los poblados masái, matar un león solía explicarse con una de dos palabras.

Un león
Un león, especie de la que llegaron a quedar solo dos en toda la reserva de Amboseli a principios de los noventa. Foto: Ray in Manila / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

Una vaca, una lanza

La primera es el olkiyioi, la matanza en represalia que describe aquel artículo de Seminar: solo ocurre después de que un león ataca al ganado, sobre todo a las vacas. La segunda es el olamayio, un antiguo rito de paso de los jóvenes guerreros masái: según un estudio publicado en 2017 en PLoS ONE, quien lanza la primera lanza gana prestigio y recibe un nuevo nombre de león.

¿Pesaba más la tradición o la vaca? Ese mismo estudio lo midió entre guerreros que habían matado un león: el 51 % dio razones culturales y el 49 % dijo que lo hizo por ataques al ganado. Casi mitad y mitad. El artículo, que detalla cómo se reunieron esos datos, se puede leer completo en línea.

Más de cien entrevistas

La bióloga Leela Hazzah quiso entender por qué. Durante su maestría en biología de la conservación en la Universidad de Wisconsin, a lo largo de 2005 y 2006, hizo más de cien entrevistas y muchas conversaciones en grupo con guerreros, cuenta la revista de exalumnos On Wisconsin.

Lo que escuchó fue una lista de agravios. La fauna se comía su ganado mientras el gobierno se quedaba con el dinero del turismo. Los empleos de conservación los dejaban fuera, aunque conocían el monte mejor que nadie. Algunos fueron más lejos: le dijeron que mataban leones en protesta por la falta de trabajo para su grupo de edad. Para ellos, el león solo traía pérdidas.

Contratar a quienes cazaban

En 2007, Hazzah cofundó con Stephanie Dolrenry los Guardianes de los leones (Lion Guardians), según la propia organización. La propuesta parecía imposible: contratar como protectores a guerreros masái, incluidos antiguos cazadores de leones. Nadie conocía la sabana como ellos.

El programa empezó en el rancho de Mbirikani. En su primer año allí no se mató ningún león, mientras que en las zonas vecinas se mataron más de 12. Lo contaron Hazzah y Dolrenry, que firmaban aquel mismo artículo de 2007 en Seminar.

Muchos guardianes llegan sin haber ido nunca a la escuela, y Lion Guardians les enseña a leer y escribir para que puedan anotar las coordenadas del GPS y llenar solos las hojas de datos. Uno de ellos, Kamunu, al principio agarraba el bolígrafo «como una lanza», según un reportaje de Yahoo Lifestyle.

También aprendieron a distinguir a cada león por los puntos de los bigotes, cuyo patrón es único como una huella, y por rasgos como muescas en las orejas o cicatrices visibles, explica On Wisconsin.

Una leona descansa entre la hierba con la cara girada hacia la cámara; en su hocico se ven con claridad las hileras de puntos de los bigotes
Las hileras de puntos del hocico, de donde nacen los bigotes, forman un patrón distinto en cada león: con él y con sus cicatrices, los guardianes saben a quién tienen delante.

Nosieki, una leona con nombre

Entonces empezaron a llamarlos por su nombre.

En Lion Guardians, cada león recibe uno, y lo elige el guardián que lo encuentra. La idea, según la ficha del proyecto en la Rufford Foundation, es que conocer a los leones hace que la gente los sienta suyos. Kamunu, por ejemplo, llamó «Nosieki» a una leona.

La simetría es difícil de ignorar. En el olamayio, el guerrero recibía un nombre de león por la cacería. Ahora es el guardián quien le pone nombre a un león vivo.

Ese vínculo tiene un trabajo detrás. Los guardianes siguen los movimientos de los leones y, cuando uno ronda un poblado, avisan a los pastores, ayudan a reforzar los corrales y recuperan el ganado perdido. Si la ira estalla y se arma una partida para cazar a un león, intervienen para detenerla, según Future For Nature, que premió a Hazzah en 2014.

Lo que dicen los números

¿Funcionó? Lion Guardians afirma haber casi eliminado la matanza de leones en las zonas donde trabaja desde 2007; en su web actual habla de una caída de más del 90 %, y un estudio de 2017 citó una reducción del 99 %. Matar leones por tradición casi desapareció de la zona. No todo está resuelto: siguen ocurriendo envenenamientos por represalia.

Queda la cifra más importante. En Amboseli, su zona principal, la organización habló primero de «casi triplicar» la población de leones. Hoy, en su página sobre Amboseli, donde están los datos actualizados de población y de matanzas, afirma que la población local «se ha más que cuadruplicado» y que tiene la densidad más alta registrada. Son cifras de la propia organización; cuántos leones viven hoy allí, en número exacto, no lo precisan las fuentes de esta historia.

Hoy, en Amboseli, un rugido en la noche ya no llama a nadie a salir. Los guardianes saben de quién es: de un vecino con nombre que sigue vivo. Quizá lo imposible de 2007 no era convencer a los guerreros de cuidar a los leones, sino que alguien se sentara primero a escucharlos.

¿Conoces otra historia en la que quienes temían a un animal terminaron siendo sus mejores protectores?

Foto del león: Ray in Manila / Wikimedia Commons, CC BY 2.0. Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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