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Inspirador

Hace 9.500 años, alguien cavó una tumba para un gato junto a una persona, en una isla sin gatos salvajes

Hace 9.500 años, en Shillourokambos, alguien cavó una fosa diminuta para un gato joven a 40 centímetros de una persona. Chipre no tenía gatos salvajes propios: ¿cómo llegó ese gato hasta ahí?

Hace 9.500 años, alguien cavó una tumba para un gato junto a una persona, en una isla sin gatos salvajes

Un gato joven pasó 9.500 años bajo la tierra de Chipre sin perder un solo hueso, en un hueco propio, al costado de una persona. Nadie lo había arrojado ahí: alguien cavó para él. Y averiguar cómo había llegado ese gato a esa tierra iba a empujar varios miles de años hacia atrás la historia que las personas comparten con los gatos.

Imagen sobre las primeras interacciones entre personas y gatos
Las primeras interacciones entre personas y gatos. Foto: Wikimedia Commons, licencia libre.

Una tumba con ocre y hachas pulidas

Shillourokambos fue un gran poblado de agricultores. Milenios después de que quedara en silencio, el equipo del arqueólogo Jean Guilaine, del Collège de France, empezó a quitarle la tierra de encima.

En una de las fosas apareció una persona. Quienes la despidieron, hace unos 9.500 años, la rodearon de cosas: ocre, ese mineral que tiñe como polvo de ladrillo, herramientas de sílex, hachas y piedras pulidas.

Muy cerca, en un hoyo aparte, alguien había dejado veinticuatro conchas de mar, todas enteras.

Cuarenta centímetros más allá

Entonces, a cuarenta centímetros del cuerpo, menos de lo que va de tu codo a la punta de tus dedos, la tierra dejó ver otra fosa. Era diminuta. Ahí no cabía una persona.

Dentro había un gato.

En ninguno de sus huesos estaban esas rayas finas que deja un cuchillo cuando alguien corta carne para comer, como las que se acumulan en una tabla de picar. Nadie se lo había comido. Tenía unos ocho meses.

Estaba acostado a la misma profundidad que la persona y orientado hacia el mismo lado, aunque nadie sabe si eso se hizo a propósito. Y, como corresponde a un gato, no compartía la cama: tenía la suya.

Excavación neolítica en una ladera de caliza con matorral seco, vista desde arriba, con una cuadrícula de cuerdas tendida sobre tierra clara y rojiza
Cuadrícula de cuerdas sobre la tierra rojiza de una excavación neolítica en una ladera de Chipre. En una fosa diminuta, a 40 centímetros de una persona, apareció el gato.

Demasiado grande para un sillón

Los huesos pasaron a manos de Jean-Denis Vigne, zooarqueólogo del Museo Nacional de Historia Natural de París. Su oficio es leer en los restos de los animales cómo vivían junto a las personas del pasado.

Un zooarqueólogo trabaja en una excavación neolítica en una ladera seca de caliza en Chipre
Un zooarqueólogo en plena excavación. De los huesos de un animal salen su tamaño, su edad y si alguien lo cortó para comerlo.

Las medidas lo dejaron claro. Ese gato era bastante más grande que los gatos de casa de hoy, y se parecía sobre todo al gato montés africano, el felino salvaje del que descienden todos los gatos domésticos.

Su esqueleto no tenía todavía ningún rasgo de gato doméstico. Pero a un salvaje cualquiera nadie le cava una tumba junto a la de una persona. Vigne y sus colegas eligieron una palabra intermedia: amansado. Tenía el cuerpo de un montés y la tumba de alguien cercano.

Un gato montés africano y un gato doméstico, uno junto al otro, sobre tierra seca entre matorrales bajos, con luz plana de la tarde
Un gato montés africano junto a un gato de casa. Del primero descienden todos los gatos domésticos, y a él se parecía sobre todo el gato de Shillourokambos.

Pudo ser la mascota de la persona enterrada a su lado, o tener otro lazo con la gente del poblado. Lo que no podía era haber llegado a Chipre por su cuenta.

Del otro lado del mar

Y es que Chipre es una isla, y no tenía gatos monteses propios. Los monteses vivían en el continente, del otro lado del agua.

Quedaba una sola explicación. Ese gato, o sus antepasados, había cruzado el mar en las barcas de los colonos.

Si alguna vez intentaste meter a un gato en su caja de transporte, sabes que eso no pasa por descuido. Un montés no salta solo a una barca. Alguien, antes de zarpar, decidió que los gatos irían con ellos, y se tomó el trabajo de llevarlos.

Cinco mil años antes de Bastet

En abril de 2004, Vigne, Guilaine y sus colegas presentaron el hallazgo en la revista Science. Le pusieron un título sin adornos: «El amansamiento temprano del gato en Chipre».

Temprano era poco decir. Los templos de Bastet, las momias de gatos y las pinturas de las tumbas egipcias son la imagen que casi todos tenemos del principio de esa historia. Pero el arte egipcio con gatos y los gatos momificados más antiguos tienen unos 4.000 años. Cuando aparecieron, el gato de Shillourokambos llevaba más de cinco mil años bajo tierra. La historia de los gatos y las personas no había empezado en Egipto.

Ocho años después, en 2012, Vigne, Guilaine y otros investigadores contaron lo que había aparecido en Klimonas, otro yacimiento de la isla: restos de gatos de hace más de 10.600 años. Los primeros agricultores que llegaron a Chipre con sus semillas de cereal ya habían cruzado el mar con gatos.

Así que, cuando enterraron al gato joven de Shillourokambos, en la isla había gatos desde hacía más de mil años. Y cada uno de ellos, o sus antepasados, había llegado del mismo modo: en una barca, porque alguien quiso llevarlo.

Mucho antes de que Egipto llenara sus tumbas de gatos pintados, en una isla donde cada gato venía de una barca, un gato joven tuvo un hueco propio a un antebrazo de una persona. Cuando la tierra los devolvió, nueve mil quinientos años después, cada uno seguía en el suyo, y los dos tenían la cabeza hacia el oeste.

Foto de las primeras interacciones entre personas y gatos: Wikimedia Commons, licencia libre. Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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