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Después de la guerra, los leones de Gorongosa cabían en una foto, y nadie trajo uno más

En 1992, al terminar quince años de guerra en Mozambique, en el parque Gorongosa quedaban menos de diez leones. Nadie trajo uno más: todo dependía de aquel puñado.

Después de la guerra, los leones de Gorongosa cabían en una foto, y nadie trajo uno más

En 1992, todos los leones del parque Gorongosa habrían cabido en una sola fotografía. Habían atravesado quince años de guerra en Mozambique, y eran tan pocos que una trampa, una mala temporada o una camada perdida podía dejar el parque sin un solo rugido. Nadie sabía todavía si aquel grupo era lo último de una población o el comienzo de otra.

Dos leones en la hierba de la llanura de Gorongosa al atardecer, con el monte Gorongosa al fondo
La llanura de Gorongosa al atardecer, con dos leones en primer plano y el monte Gorongosa al fondo. Foto: Judy Gallagher / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

Menos de uno de cada diez

La guerra civil terminó ese año. En Gorongosa dejó una cuenta sencilla: de cada diez grandes animales que pastaban o cazaban en sus llanuras, sobrevivió menos de uno.

De los leones, que antes de la guerra eran unos 200, quedaban menos de diez. Eran pocos, pero tenían algo que ningún otro gran carnívoro del parque podía presumir: seguían ahí.

Doce años después, el puñado no se había ido. En 2004, el gobierno de Mozambique y la Fundación Carr firmaron un acuerdo para manejar juntos el parque durante veinte años y devolverle los animales que la guerra se había llevado.

Ñus sí, leones no

Los traslados empezaron en 2007. Ese año llegaron 180 ñus desde otras reservas, y entre 2007 y 2011 llegaron 210 búfalos. A las cebras las trajeron de una reserva vecina.

A los leones nadie les reservó lugar en esos viajes. El parque apostó por los que ya estaban.

Puntos en un mapa

En 2012, Paola Bouley cofundó el Proyecto León de Gorongosa, y su equipo salió a buscarlos por la sabana. A algunos de los que encontraban les ponían collares satelitales: cada collar avisaba una y otra vez dónde estaba el animal, y en la pantalla el andar de una manada se iba dibujando solo, como una línea de puntos sobre un mapa.

En cuatro años identificaron 104 leones. Pusieron collar a seis manadas y a siete machos, solitarios o aliados en coalición. El puñado de la posguerra volvía a vivir en manadas.

Una leona joven camina por la sabana de Gorongosa, entre palmas de abanico y hierba seca
Una leona joven cruza la sabana de palmas de Gorongosa, el terreno por el que se mueven las manadas que el equipo empezó a seguir con collares.

Pero seguirlos de cerca dejó ver también lo que los frenaba. Uno de cada tres leones había muerto o había quedado mutilado por lazos de alambre o cepos de acero, puestos por cazadores furtivos que buscaban carne de monte. Y una trampa no elige quién pasa.

Antes que los leones

Un lazo es un aro de alambre escondido en la hierba que se cierra con el propio empuje del animal que pasa, como un cinturón que se aprieta solo. Un cepo de acero ni siquiera necesita eso: se cierra de golpe sobre lo que lo pisa.

Entonces los guardaparques se dedicaron a encontrarlos antes que los leones. Solo en 2016 retiraron 9.200 lazos y 245 cepos: unos 25 lazos por cada día del año, cada uno esperando a quien pasara.

Y la caza furtiva de leones se desplomó. Entre 2015 y 2018 cayó un 95 %, y desde entonces está casi en cero.

La cuenta de 2023

Los leones respondieron como responden los gatos cuando por fin se les deja en paz: con más gatos.

Mientras tanto, los traslados siguieron. Hasta 2018 llegaron 465 animales de siete especies, y ese último año llegaron los perros salvajes africanos: otro gran carnívoro, pero uno que la guerra sí había borrado.

En 2023, el equipo seguía en el campo, y ese año le cambió el collar a una leona. Ese mismo año, Greg Carr, de la Fundación Carr, hizo la cuenta en voz alta: «De cinco o seis leones cuando empezamos, ahora tenemos probablemente 200».

Retrato de Greg Carr en el camino Dingue, dentro del parque Gorongosa
Greg Carr, de la Fundación Carr, en el camino Dingue, dentro del parque Gorongosa. Foto: Grainnekeegan / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Unos 200: casi tantos como antes de la guerra. Habían pasado treinta y un años desde que terminaron los combates y diecinueve desde que empezó la restauración.

Y en todo ese tiempo, nadie trajo un solo león. Los ñus, los búfalos y las cebras llegaron de otras reservas; las manadas que hoy cazan en las llanuras de Gorongosa salieron de aquel puñado que resistió. El acuerdo de 2004, que iba a durar veinte años, ahora llega hasta 2040.

Dos leonas echadas en la hierba verde de la sabana de Gorongosa, mirando a la cámara
Dos leonas echadas en la hierba de la sabana de Gorongosa. Foto: Judy Gallagher / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

En 1992, todos los leones de Gorongosa cabían en una sola fotografía. Hoy ya no caben en ninguna: siempre queda alguna leona fuera del cuadro, echada en la hierba, con la calma de quien nunca se fue.

Fotos de leones en el parque Gorongosa (Judy Gallagher / Wikimedia Commons, CC BY 2.0) y de Greg Carr (Grainnekeegan / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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