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La isla que cazó a sus leopardos por creer que los enviaban brujos

Durante décadas, Zanzíbar persiguió a un leopardo que no vivía en ningún otro lugar del mundo, convencida de que lo enviaban los brujos. En 2018, una cámara trampa grabó un leopardo en la isla, y sin una prueba genética nadie puede asegurar si era uno de ellos.

La isla que cazó a sus leopardos por creer que los enviaban brujos

Una cámara trampa no sabe de zoología: espera en silencio y graba a quien pase delante. En 2018, una de ellas, escondida en Zanzíbar, una isla frente a la costa de Tanzania, grabó a un animal que no debía estar ahí.

Era un leopardo. Y para la mayoría de los zoólogos, en esa isla ya no quedaba ninguno.

Un video sin prueba genética

En junio de 2018, el biólogo de fauna silvestre y rastreador Forrest Galante presentó el video, según la nota que Inside Edition publicó el 7 de junio con sus declaraciones. El registro con cámara trampa figura también en la página de descubrimientos de Galante.

Imagen infrarroja en blanco y negro de un leopardo pequeño y delgado, de manchas muy apretadas, que cruza un sendero estrecho de noche y gira la cabeza hacia la cámara
Un leopardo pequeño, de manchas muy apretadas, cruza de noche frente a una cámara trampa infrarroja. Ilustra el tipo de registro que reabrió la pregunta en 2018. No es un fotograma del video de Galante.

Galante fue prudente: «No tengo pruebas genéticas de que este sea el leopardo de Zanzíbar». La frase importa, porque la pregunta nunca fue si en el video había un leopardo, sino si era ese leopardo.

El leopardo de Zanzíbar, primo salvaje del gato que tal vez duerme en tu sofá, no era cualquier leopardo. Era endémico: no vivía en ningún otro lugar del mundo. Helle V. Goldman y Martin T. Walsh, los especialistas que más lo han estudiado, lo distinguen por su tamaño pequeño y el dibujo de su pelaje, según su artículo de 2002 en el Journal of East African Natural History. En un texto de 2004 para Tanzanian Affairs lo describen como un leopardo pequeño, con las manchas del pelaje muy apretadas, y advierten que nunca se estudió en su hábitat natural. En un trabajo de 2012, los mismos autores señalan que la mayoría de los zoólogos lo daba por extinto.

Leopardos con dueño

En el siglo XX, la isla se llenó de gente y de cultivos. Según Walsh y Goldman (2012), el crecimiento de la población y la expansión de la agricultura destruyeron el hábitat del leopardo y diezmaron sus presas. Con el bosque cada vez más pequeño y menos presas que cazar, los leopardos atacaban cada vez más animales domésticos y niños.

Los aldeanos encontraron una explicación: esos leopardos tenían dueño. Se creía que pertenecían a brujos que los enviaban a hacer daño. En un artículo de 2020, Goldman y Walsh detallan que, según esa creencia, los brujos los alimentaban y criaban en secreto, y los mandaban a aterrorizar a la gente o a conseguirles comida. Hacerle daño a un leopardo de brujo, o incluso solo verlo, podía traer desgracias graves, como recogen en su trabajo de 2002.

Tras la revolución de 1964, el miedo se volvió política. El nuevo gobierno apoyó una campaña para purgar a los brujos y eliminar a los leopardos, conocida, según Goldman y Walsh (2002), como la campaña de Kitanzi. La encabezó un cazador de brujos llamado Kitanzi. Después, el leopardo quedó clasificado como alimaña, como cuentan Walsh y Goldman en Tanzanian Affairs.

Trampa tradicional de madera para leopardos en blanco y negro: un corral bajo y alargado de estacas verticales irregulares atadas con varas horizontales
Una trampa para leopardos de diseño y construcción local, reconstruida a partir de una foto colonial sin fecha que se exhibe en el Museo de Zanzíbar (imagen de referencia: Helle V. Goldman). En Zanzíbar ya se fabricaban trampas para leopardos antes de la revolución de 1964.

Extinto en los libros, cazado en la isla

En 1996, algunas obras científicas ya daban al leopardo de Zanzíbar por extinto: Goldman y Walsh citan dos de ese año, una de Miththapala y colegas y otra de Nowell y Jackson. Ese mismo año, los dos investigadores revisaron otros papeles: los registros de los National Hunters, los cazadores que el gobierno subsidiaba.

Lo que encontraron está en la Tabla 4 de su artículo de 2002. Según esos registros, de 1985 a 1995 no hubo un solo año sin leopardos muertos. En total, cerca de un centenar: 111 según los resúmenes anuales y 89 según los partes de caza individuales, y el registro de 1995 quedó incompleto.

En los libros ya no existía. En la isla, lo seguían cazando.

Relatos, cámaras vacías y un «probablemente»

El mismo artículo de 2002 reúne dos pistas que apuntan en direcciones opuestas. Entre 1990 y 1996, aldeanos contaron que habían visto leopardos. En 1997, una búsqueda con cámaras trampa no dio resultados.

Cámara trampa con estampado de camuflaje, sujeta con una correa verde a un tronco retorcido a la altura de la rodilla, frente a un paso estrecho entre hojarasca, rocas y raíces, sin ningún animal
Una cámara trampa atada a un tronco vigila un paso vacío. Con cámaras como esta se buscó al leopardo en 1997, sin resultados.

El video de 2018 tampoco cerró el caso. Dos años después de que Galante lo presentara, Goldman y Walsh escribieron en su artículo de 2020 que el leopardo probablemente ya había desaparecido de la isla. Sin una prueba genética, un leopardo frente a una cámara no alcanza para saber si es un leopardo de Zanzíbar.

Primero perdió su bosque y sus presas; después, una campaña y años de caza subsidiada lo llevaron al borde de la extinción. Durante generaciones, en Zanzíbar temieron que ver un leopardo trajera desgracia. Hoy, la desgracia es no volver a ver ninguno.

Si mañana otra cámara grabara un leopardo en Zanzíbar, ¿qué te convencería de que es uno de ellos: el video, una prueba de ADN o los relatos de quienes viven en la isla?


Algunas imágenes de este artículo fueron generadas con IA para ilustrar el contenido; no son fotografías de los hechos ni de los animales reales.

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