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Qué hace un gato cuando su persona sale del cuarto y vuelve dos minutos después

Un experimento diseñado para medir el vínculo entre bebés y madres se aplicó a 38 gatos domésticos, con resultados que desafían la fama de animal indiferente.

Qué hace un gato cuando su persona sale del cuarto y vuelve dos minutos después

Treinta y ocho gatos adultos, todos con más de un año, pasaron por el mismo experimento que desde finales de los años sesenta se usa para medir si un bebé confía en su madre. Al terminar, el 65,8 % quedó clasificado con apego seguro, según el estudio de Kristyn Vitale, Behnke y Udell (2019) publicado en Current Biology. En bebés humanos, la cifra que reporta la misma investigación es del 65 %.

La coincidencia no es, sin embargo, el dato más incómodo de esta historia. Antes de que Vitale aplicara esa prueba, otro equipo había sometido a veinte gatos a una versión más larga de la misma lógica y llegado a la conclusión contraria: que el gato adulto simplemente no usa a su humano como refugio. Dos pruebas parecidas, aplicadas al mismo animal, con resultados que se contradicen. Algo en el diseño —o en la manera de mirar al gato— tenía que estar fallando.

El cuarto que Mary Ainsworth diseñó para madres, no para gatos

La prueba original nació en Baltimore, a finales de los años sesenta, cuando la psicóloga Mary Ainsworth quiso entender qué distingue a una madre que funciona como refugio de una que no. Ainsworth y su colega Wittig montaron una salita con juguetes y sometieron a 56 bebés de 11 meses a una secuencia de separaciones y reencuentros breves con su madre, tal como lo describe Duschinsky (2020) en su repaso del procedimiento para Oxford University Press. Lo decisivo, según ese diseño, nunca fue el llanto durante la ausencia: fue lo que pasaba en el reencuentro. Un bebé con apego seguro se calmaba rápido y volvía a jugar; uno inseguro se quedaba colgado sin consolarse, o actuaba como si nadie hubiera entrado, tal como explica Bretherton al repasar la obra de Ainsworth sobre la sensibilidad materna.

Veinte gatos que no necesitaban a nadie

En 2015, Potter y Mills aplicaron una versión más larga y contrabalanceada de esa misma lógica a veinte parejas de gato y dueño, según el estudio publicado en PLoS ONE. No encontraron señales de apego seguro: los gatos no trataban a su humano como una base segura desde la que explorar un espacio desconocido. La conclusión encajaba con el retrato habitual del gato como un animal que tolera la compañía humana, pero no la necesita.

Dos minutos con su persona, dos minutos solo, y la puerta que se abre otra vez

Vitale, investigadora de Oregon State University, repitió el experimento con un diseño más cercano al original de Ainsworth: una versión abreviada llamada Secure Base Test, con fases de dos minutos —con la persona presente, a solas y de nuevo con la persona— en una sala desconocida, según detalla la nota de prensa de Oregon State University sobre el estudio. Con 38 gatos adultos, el resultado fue el 65,8 % de apego seguro mencionado al inicio.

Sala vacía de pruebas de comportamiento con una silla, una alfombra gris y una cámara sobre un trípode bajo
Así lucen las salas donde se aplican estas pruebas: neutras, sin distracciones, con una cámara y un cronómetro como únicos testigos de lo que hace el gato en cada fase.

La mayoría de los gatos hizo lo que hace un bebé seguro al reencontrarse con su madre: saludó a su persona, se relajó y volvió a explorar la sala, usando a su humano como base de operaciones. Los demás no lograron soltarse: unos se subieron al regazo y no se movieron de ahí durante el resto de la prueba —el patrón que en apego se llama ambivalente—, mientras otros se mantuvieron pegados a la pared, con la cola vibrando y sin acercarse a la puerta, la variante evitativa, según los mismos registros del experimento.

Leída junto a la cifra de los bebés —65 %— y a la de los perros —58 %, que el propio estudio de Vitale y su equipo (2019) toma de estudios caninos previos—, la comparación es tentadora: el animal con fama de distante quedó por encima del perro en apego seguro. Conviene leerla con cuidado, eso sí: son resultados de estudios distintos, no una carrera directa entre especies dentro del mismo experimento.

Antes de la prueba, ya habían elegido a su persona

La sala de pruebas no fue la primera pista de que el gato no es tan indiferente como se le atribuye. Dos años antes, la propia Vitale —que entonces firmaba como Vitale Shreve—, junto con Mehrkam y Udell, había puesto a gatos de casa y de refugio a elegir entre comida, juguetes, aromas y la atención de una persona, según el estudio de 2017 publicado en Behavioural Processes. En la mayoría de los casos, ganó la persona.

El apego no se aprende en un curso de seis semanas

Con los gatitos, el equipo probó algo más ambicioso: seis semanas de clases de socialización y entrenamiento, y una segunda evaluación dos meses después, de acuerdo con el mismo estudio de Current Biology, también registrado en PubMed. El 87 % de los gatitos volvió a clasificarse con el mismo estilo de apego con el que había empezado. El curso no cambió el vínculo: el vínculo ya estaba decidido antes de la primera clase.

Investigadora sentada en un pasillo universitario con una laptop, observando el video de una sala con un gato
Quien aplica la prueba sigue el reencuentro desde afuera, cronómetro en mano, sin intervenir en lo que decide hacer el gato al otro lado de la puerta.

Quizás por eso, cuando entras a la casa y tu gato apenas levanta la cabeza antes de volver a lo suyo, no te está ignorando: hace lo que hace un niño tranquilo cuando su madre vuelve a la habitación, comprobar que sigues ahí y regresar al juego. La indiferencia nunca fue del gato: fue nuestra manera de leerlo.

¿Tu gato te recibe en la puerta, o hace como si nada y aparece cinco minutos después? Cuéntanos cuál es su manera de decirte que estás.

Algunas imágenes de este artículo fueron generadas con IA para ilustrar el contenido; no son fotografías de los hechos ni de los animales reales.

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