Elvis, el gato que nunca camina derecho, frente a un pollito que no deja de piar
Elvis nació con el síndrome de Dandy-Walker y, cuando algo lo emociona, se tambalea más que nunca. Esta vez, lo que lo emocionaba era un pollito recién salido del cascarón.

Elvis tenía delante a un pollito diminuto, recién salido del cascarón, todo plumón y pío. Y Elvis, un gato negro para quien la línea recta es más una sugerencia que un camino, no sabía dónde poner tanta emoción.
Porque a Elvis el entusiasmo se le nota en las patas. Cuando algo lo emociona, sus tambaleos se desatan: se inclina hacia un lado, se balancea hacia el otro y cada paso se convierte en una negociación con el suelo.
De un lado, una bolita que no dejaba de piar. Del otro, un gato tambaleante con todo el instinto cazador de su especie. ¿Qué haría Elvis?
Un cerebro con su propio mapa
Elvis nació con el síndrome de Dandy-Walker, una condición rara y congénita del cerebro. Altera la forma en que se desarrollan el cerebelo y los espacios de líquido que lo rodean, y de ahí vienen sus problemas de equilibrio, movilidad y coordinación.
Es tan poco común que un reporte veterinario sobre un macho de dos años con una malformación de este tipo se presentó como el primer caso documentado en un gato adulto con seguimiento a largo plazo. Su resonancia mostraba una parte del cerebelo ausente o poco desarrollada y una cavidad agrandada, llena de líquido.
Eso separa a Elvis de otros gatos famosos por sus tambaleos, como Baby Corn, que tiene hipoplasia cerebelosa. En Elvis, las malformaciones no se quedan en el cerebelo: alcanzan la estructura del cerebro y se ven en una resonancia magnética. Los vaivenes, eso sí, son parientes cercanos.
Elvis lleva su diagnóstico con la dignidad de quien no tiene nada que esconder. Usa su fama en internet para darlo a conocer, con un mensaje claro: los gatos como él, vaivenes incluidos, viven felices y sanos.
Pero frente al pollito, el diagnóstico pasó a segundo plano. Quedaba una pregunta más antigua que cualquier resonancia.
El instinto en juego
Y es que un gato y un pollito no son, en principio, la pareja más aconsejable. Por su instinto cazador, un gato no debería tener acceso directo a un pollito ni quedarse a solas con él: si comparten espacio, alguien tiene que estar mirando.
Los pollitos, además, no ayudan. Pían sin descanso y se mueven de una manera que a un gato le cuesta resistir. Por eso las presentaciones seguras van despacio: el pollito protegido en una caja de cría firme, donde no quepa una pata, y el gato observando desde lejos mientras se acostumbra al olor nuevo.
Mientras tanto, Elvis seguía ahí, balanceándose de emoción frente a esa criatura diminuta y ruidosa.
Lo que eligió Elvis
El encuentro fue tan grande para él que decidió hacer una pausa. Se acostó junto al pollito y se quedó ahí un buen rato, en calma, como quien ya encontró su lugar.
Un gato negro de equilibrio impredecible y un pollito que acababa de llegar al mundo. No podían ser más distintos, y no parecían necesitar nada más que la compañía del otro.
No todos los gatos habrían reaccionado así. Pero Elvis es un gato sereno que quiere a todos los que conoce, para fortuna de su mamá. Ahora, además, tiene al mejor amigo más pequeño y más ruidoso que podía imaginar.
Al gato que nunca va en línea recta le bastó con quedarse quieto. Echado junto a su pequeño amigo, que seguía piando, por una vez todo estaba en equilibrio.
Imagen principal: Elvis Westley &Tre Gatti Farms (@tre.gatti.farms).
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