Detrás de un salón de uñas en el Bronx, en un rincón que nadie miraba, una gata gris y blanca de ojos verdes mantenía con vida a cinco gatitos. Los tenía escondidos porque no había otro lugar a donde llevarlos.
Tampoco tenía mucho que darles. Estaba en los huesos. Cada vez que los amamantaba les entregaba fuerzas que no recuperaba: el hambre se la quedaba ella.
Y ni así alcanzaba. Los cinco estaban gravemente enfermos, algunos con una diarrea severa, y quizá no habrían resistido una semana más en ese lugar.
Ella se quedaba sin reservas y ellos se apagaban poco a poco, seis cuerpos frágiles en un rincón donde nada iba a mejorar por sí solo. La pregunta era si alguien iba a asomarse detrás de ese salón antes de que fuera tarde.
Seis de una vez
Entonces llegó el equipo de The Cat Collective Rescue NY. Y no se llevó a uno ni a dos: sacó a los seis de ese rincón, justo a tiempo.
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A alguien se le ocurrió ponerles nombres del lugar donde los encontraron, y la idea se quedó. La madre pasó a llamarse Frenchie; los pequeños, Mani, Pedi, Tips, Baby Buff y Polly Polish. Una familia entera con nombres de manicura, como si el salón les hubiera dejado su tarjeta.
Lo que siguió no tuvo horario: medicinas, suplementos altos en calorías para levantar a los bebés, comida especial, limpieza constante y areneros que se cambiaban varias veces al día. Cada uno estaba vigilado de cerca y recibía cariño sin medida.
Para una familia que hasta entonces dependía de lo que apareciera, era el primer cuidado estable de su vida. Y llegó en una racha difícil para la organización, con los recursos justos. El equipo no se echó atrás.
Pero entre los cinco había una que preocupaba más que el resto.
La más pequeña
Polly Polish, una gatita calicó, era la más diminuta y la más frágil. Estaba al borde de la muerte y necesitaba más ayuda que sus hermanos.
Ahí dio un paso al frente Nicola Jones, una voluntaria que suele quedarse con los casos más delicados, y aceptó cuidar a la pequeña hasta que se recuperara.
Con ella, Polly tuvo la oportunidad que le faltaba. Y no la desperdició: la más chica de los gatitos del salón resultó tener una voluntad de vivir muy por encima de su tamaño.
Mientras tanto, un hogar temporal se encargaba del cuidado diario y alrededor de la familia se juntó una comunidad entera. Según el equipo, la organización sacó a los gatos de la calle, pero quien de verdad los rescató fue esa comunidad.
Y se nota. Los cinco ganan peso, comen solos y se fortalecen cada día. Los que antes necesitaban atención a toda hora ahora son gatitos de pies a cabeza: inquietos, hambrientos y metidos en todo.
Tips, de pelaje blanco y negro, encabeza las travesuras. Mani y Pedi van detrás de él, dando tumbos, y Baby Buff no se queda atrás. Polly Polish, la que nadie sabía si saldría adelante, hoy aguanta el ritmo de todos.
El maullido más suave
De los seis, la que más había dado era Frenchie. Y fue ella la que terminó ganándose a todos los que la conocieron.
«Es una de las gatas más dulces que he conocido. Se toma la medicina sin protestar. Se frota contra tus piernas. Te mira hacia arriba y te regala el maullido más suave, el que más te rompe el corazón», le contó el equipo de The Cat Collective Rescue NY a LoveMeow.
Llegó en los huesos y, aun así, seguía ronroneando, sin perder la dulzura: una dama hasta en el peor momento. Con sus hijos a salvo, la que sostuvo a toda la familia espera un lugar propio. El equipo le busca un hogar temporal o una familia para siempre.
Las novedades de Frenchie y de sus cinco hijos se publican en la cuenta de Instagram del equipo, @catcollectiveny.
Detrás de aquel salón del Bronx, Frenchie se vaciaba para sostener a sus hijos. Lo que necesita ahora es poco y es todo: un plato lleno que sea solo suyo y alguien que, para variar, esté pendiente de ella.
Imagen principal: Instagram | @catcollectiveny.

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