Cuatro gatitas de dos semanas estaban solas en el centro de Los Ángeles, entre el ir y venir de una zona que no se detiene por nadie. Un guardia de seguridad las encontró. De la madre no se supo más.
De una camada de seis, dos crías fueron a otro hogar temporal y las cuatro hermanas, a casa de Jen, que cuida recién nacidos para Bobbie’s Street Cats, una organización que esteriliza gatos callejeros en el sur de Los Ángeles y les busca hogar.
El primer día fue de pronóstico incierto. Pero las cuatro se prendieron al biberón y comieron, y desde ahí tuvieron una oportunidad de verdad.
Jen les pone a sus camadas nombres de ciudades, y esta vez tocó Francia: Paris, Marseille, Cherbourg y Normandy. Ella sabe que Normandía es una región, no una ciudad; a una gata nadie le discute la geografía.
Normandy, una siamesa, era la más diminuta. Y por un tiempo fue también la que no dejó dormir a nadie.
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La que se quedó atrás
A las tres semanas y media, Normandy dejó de comer de golpe. No aceptaba el biberón ni la comida, empezó a deshidratarse y, mientras sus hermanas seguían creciendo, ella no avanzaba.
Alimentarla por sonda no era posible: ya tenía la boca llena de dientes. Así que Jen peleó por ella con líquidos, pasta nutritiva e insistencia sin fin.
«Cuesta creer que esta preciosura sea la misma gatita que intentó morírseme a las tres semanas y media, cuando dejó de comer», le contó Jen a LoveMeow.
Un día, Normandy cambió de opinión. Volvió al biberón, pasó al destete y empezó a devorar todo lo que tenía enfrente. Gramo a gramo, alcanzó a sus hermanas.
Siguió siendo la más pequeña, con la chispa intacta. Era la más reservada de las cuatro… hasta que Jen la alzaba. «Le encantaba que la cargara como a un bebé y le besara la panza», contó Jen a LoveMeow.
Cuatro ronroneos a la vez
Con lo peor atrás, las cuatro florecieron. Acabaron con toda la comida que Jen tenía guardada y jugaban juntas como compañeras de cuarto. Y cuando una empezaba a ronronear, las demás la seguían, fuerte y dulce.
Paris no esperaba invitaciones. «Si yo entraba a la habitación, corría hacia la silla y saltaba a esperar que me sentara», contó Jen.
Marseille, de pelaje moteado y una diminuta mancha naranja en la frente, era la apegada: ronroneaba sobre el pecho de Jen, frotaba su carita contra ella y se revolcaba en sus brazos. Y de las cuatro, fue la que eligió como su persona a la pareja de Jen.
Cherbourg, la acróbata, saltaba de un nivel a otro del rascador y de ahí a la silla, con una punta blanca en la cola que no dejaba de crecer. Ella y Normandy ronroneaban por todo; bastaba con mirarlas de lejos.
Las cuatro superaron la esterilización sin problemas, y a Marseille le retiraron de paso un pequeño quiste de la frente. Quedarse sin desayuno antes de la cirugía les pareció una afrenta: según Jen, pasaron la mañana amenazando con llamar a sus abogados.
Estaban listas. Quedaba la pregunta de toda camada que crece unida: cuatro hermanas, ¿cuatro casas distintas?
Hora de partir
Cherbourg fue la primera: llegó a un hogar con una hermana gatuna de un año y un nombre nuevo, Halu.
Para Normandy apareció una mujer con un gato que necesitaba compañero. Ella estaba por mudarse sola, y su gato dejaría atrás a su amigo en casa de los padres de ella. Así que los padres, para que su propio gato no se quedara solo, adoptaron juntas a Paris y Marseille.
Para Jen, es una de sus historias de adopción favoritas. Paris y Marseille ahora se llaman Iris y Delli, en honor a las madres de quienes las adoptaron, y Normandy es Petal. «A todas les tocó el premio mayor», resumió Jen.
Un guardia las encontró sin nadie en una calle del centro de Los Ángeles. Ahora tres de ellas pasarán unos meses bajo el mismo techo y, después, tendrán años de reuniones familiares. Y ya se sabe lo que pasa cuando una empieza a ronronear.
Imagen principal: Instagram | @jenfosterskittens.

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