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Inspirador

Snowball, el gato cuyo pelo llevó por primera vez el ADN animal a un juicio por asesinato

Una chaqueta ensangrentada sin dueño, 27 pelos blancos en el forro y un tribunal que jamás había aceptado ADN animal. La historia de Snowball, el gato que llegó a un juicio por asesinato en Canadá.

Snowball, el gato cuyo pelo llevó por primera vez el ADN animal a un juicio por asesinato

Es otoño de 1994 en la Isla del Príncipe Eduardo, en Canadá. En una zona boscosa, un equipo militar que colabora en una búsqueda encuentra una bolsa de plástico. Dentro hay unas zapatillas y una chaqueta de cuero de hombre con manchas de sangre.

La sangre es de la mujer a la que buscan. La chaqueta, en cambio, no tiene dueño conocido. Esa pregunta, de quién era, acabaría llevando a los investigadores hasta un laboratorio de Maryland, en Estados Unidos, y hasta un testigo que jamás pronunció una palabra.

Una chaqueta que nadie podía atribuir

Shirley Duguay tenía 32 años y cinco hijos cuando desapareció en octubre de 1994, según la revisión de Linacre (2021) sobre genética forense animal. Su coche apareció abandonado, como contó Global News en 2019, y tenía sangre, según la ficha del caso en Encyclopedia.com. Esa misma ficha sitúa el hallazgo de la chaqueta hacia el 23 de octubre, unas tres semanas después de la desaparición, a unos 10 kilómetros (6 millas) de su casa.

En mayo de 1995 la hallaron sin vida. La base de datos Unsolved Case Files Canada fecha el hallazgo el 6 de mayo, en North Enmore; Global News solo dice que ocurrió meses después.

Había un sospechoso: Douglas Beamish, su expareja de hecho, de quien estaba separada, y padre de tres de sus cinco hijos, según Encyclopedia.com. Había también pruebas: el coche, la chaqueta ensangrentada, las zapatillas de la bolsa. Lo que faltaba era un hilo que uniera esa chaqueta con una persona concreta. Ese hilo estaba enredado en el forro: unos pelos blancos.

Veintisiete pelos blancos y una sola raíz

Eran pelos de gato. Beamish vivía en casa de sus padres, y sus padres tenían un gato blanco llamado Snowball, según el cuaderno de práctica sobre ADN para fiscales del National Institute of Justice de Estados Unidos.

El color coincidía, pero eso no probaba nada. Hacía falta ADN, y había dos obstáculos. El primero era técnico: de los 27 pelos del forro, solo uno conservaba la raíz con ADN útil, según Linacre (2021). El segundo era legal: ningún tribunal había aceptado jamás el ADN de un animal, recuerda Encyclopedia.com.

Mano enguantada que sostiene con pinzas un pelo blanco de gato, con su raíz visible, sobre el forro acolchado de una chaqueta de cuero abierta en una mesa de laboratorio forense de los años noventa
Un pelo blanco con su raíz, separado del forro de una chaqueta de cuero. De los 27 pelos del caso, solo uno conservaba esa raíz con ADN útil.

Aun así, la Real Policía Montada de Canadá pidió ayuda a la genetista Marilyn Menotti-Raymond, del Laboratory of Genomic Diversity del National Cancer Institute, en Frederick (Maryland). Su grupo trabajaba en el mapa del genoma del gato, como consta en el artículo que el equipo publicaría después en Nature. Menotti-Raymond aceptó el reto.

El riesgo de una isla llena de parientes

La policía consiguió una muestra de Snowball. Las fuentes no coinciden en el tipo: Encyclopedia.com habla de sangre; Linacre (2021), de pelo.

Gato blanco de pelo corto, tranquilo y alerta, sentado sobre una mesa de exploración de acero inoxidable en una pequeña clínica veterinaria rural, con unas manos enguantadas apoyadas cerca
Un gato blanco de pelo corto sobre una mesa veterinaria. A simple vista, muchos gatos blancos se parecen; por eso el ADN tenía que distinguir a Snowball de cualquier otro.

Quedaba, sin embargo, un problema capaz de hundirlo todo. En una isla, los gatos podían estar tan emparentados que muchos compartieran el mismo ADN, explica Encyclopedia.com. Si era así, que el pelo coincidiera con Snowball no valdría nada: podría coincidir igual con el gato de cualquier vecino.

Antes de comparar, entonces, había que medir cuánto se parecían los gatos entre sí. El equipo armó dos bases de datos: una con gatos de la Isla del Príncipe Eduardo y otra con gatos no emparentados del este de Estados Unidos, según Linacre (2021). La revisión no precisa cuántos animales entraron en cada grupo.

La respuesta despejó el temor: los gatos de la isla mostraron una abundante diversidad genética. Compartir una isla no los había convertido en copias unos de otros. La prueba podía seguir adelante.

Diez marcadores, diez coincidencias

Menotti-Raymond comparó el único pelo con raíz y la muestra de Snowball en diez marcadores STR dinucleótidos, tramos del ADN que varían de un gato a otro. Uno por uno.

Genetista con bata blanca y lentes que recorre con un dedo las bandas oscuras de un gel de electroforesis iluminado desde abajo, en un laboratorio de genética de los años noventa
Un gel de ADN iluminado desde abajo. Comparar dos perfiles genéticos exigía revisar cada marcador, sin saltarse ninguno.

Coincidieron los diez, según Linacre (2021). Quedaba la pregunta que cualquier jurado se haría: ¿y si fuera otro gato? Con la base de datos de la isla, la probabilidad de que otro gato tomado al azar compartiera ese perfil fue de 2,2 × 10⁻⁸, cerca de 1 entre 45 millones. Con la de Estados Unidos fue de 6,9 × 10⁻⁷, alrededor de 1 entre 1,45 millones.

Los datos completos están en el artículo «Pet cat hair implicates murder suspect», que Menotti-Raymond, David y O’Brien publicaron en Nature el 24 de abril de 1997; el texto puede leerse en este PDF.

Un testigo que nunca subió al estrado

En julio de 1996, un jurado declaró a Douglas Beamish culpable de asesinato en segundo grado. Por primera vez, el ADN de un gato había ayudado a condenar a un asesino.

El caso figura hoy, como R. v. Beamish, en el cuaderno del National Institute of Justice, y la genética forense animal que se estrenó en aquel juicio tiene ya revisiones científicas enteras, como la de Linacre (2021) y otra de 2023 sobre la revolución de la genómica animal en las ciencias forenses.

Snowball nunca subió al estrado ni supo que existía aquel bosque. No declaró ni señaló a nadie. Solo hizo lo que hace cualquier gato: dejar su pelo en la ropa de su casa. Leído con paciencia, marcador por marcador, ese rastro cotidiano ayudó a dar una respuesta a la muerte de Shirley Duguay.

¿Cuál es el lugar más insólito donde ha aparecido el pelo de tu gato, como si quisiera dejar su firma?


Algunas imágenes de este artículo fueron generadas con IA para ilustrar el contenido; no son fotografías de los hechos ni de los animales reales.

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